Adiós a Edgar Artunduaga, un grande del periodismo

Dos cosas destacarán siempre a don Edgar Artunduaga en este mundo de la radio: la primera de ellas, una increíble voz. Quedan pocas de esas. Quizá sea una cuestión genética, o generacional. Con esa voz apagada, se atenúa un poco la luz de lo que este oficio finalmente representa para cientos de miles de oyentes. Era potente, y tal poder transmitía emociones, construía opiniones y acompañaba masas. Cuando Artunduaga locutaba, el aire se agolpaba contra el micro, como si condensara todo el espacio a su alrededor, y de su garganta se emitían las noticias que le importaron al país durante tres duras décadas, viajando por el aire nacional de nuestras señales de radio con una cálida y baja frecuencia, casi operática.

A ese arrollador tono se le unía un segundo factor imprescindible de su ejercicio: la credibilidad de un reportero incansable, la seriedad de un agudo observador, la curiosidad de un inquieto político y el respeto y preocupación dignas de un ejecutivo de radio. Su pluma podía ser brutalmente honesta, a veces hiriente, pero su espíritu de cronista siempre supo guiar un buen cuento, una historia, una noticia, un libro.

Algunas personas nacen privilegiadas con el encanto que sus voces producen cuando se emiten desde una radio: Edgar Artunduaga fue una de ellas, y fue un privilegio sin duda, para colegas y escuchas, haberlo tenido cerca. Extrañaremos a un anchorman como pocos, un fantástico hombre de este oficio, una figura esencial que pintó, con la voz, el coraje y la terquedad de un periodista incansable, el espíritu de una época.

Alejandro Marin